¿Por qué algunas personas nos resultan indiferentes mientras que otras despiertan algo en nosotros casi inmediatamente?
A veces es su físico. Otras, su manera de mirar, de hablar o de moverse. Puede atraernos su inteligencia, su sensibilidad, su seguridad, su creatividad o incluso algo que no sabemos explicar del todo.
La atracción no parece responder a una única lógica. En ella pueden encontrarse nuestra biología, nuestra historia afectiva, aquello que conocemos, lo que echamos de menos y también partes de nosotros mismos que todavía no hemos explorado.
Nos atrae lo conocido
Desde las teorías del apego sabemos que nuestras primeras relaciones participan en la construcción de determinadas expectativas sobre el amor, la cercanía y la seguridad.
Por eso, en ocasiones, podemos sentirnos atraídos por dinámicas que de algún modo nos resultan familiares, incluso cuando no necesariamente nos hacen bien.
El psicoanálisis ya había observado esta tendencia a recrear determinados escenarios emocionales. Freud habló de la compulsión a la repetición: la posibilidad de volver, de diferentes maneras, sobre experiencias que quedaron emocionalmente abiertas.
Desde perspectivas contemporáneas sobre trauma y apego podemos comprenderlo con mayor amplitud. No necesariamente buscamos conscientemente repetir aquello que nos hizo daño. A veces nuestro sistema simplemente reconoce como familiar una determinada forma de vincularnos.
Y lo familiar puede sentirse extrañamente parecido a “tener química”.
En algunas relaciones puede aparecer incluso una fantasía implícita: quizá esta vez la historia termine de otra manera. Conseguir ahora el amor, la disponibilidad o el reconocimiento que en algún momento necesitábamos y no encontramos.
Pero también puede atraernos lo que no tuvimos
Curiosamente, podemos movernos también en la dirección contraria.
Una persona criada en un entorno muy rígido puede sentirse profundamente atraída por alguien espontáneo. Alguien acostumbrado a hacerse cargo de todo puede descubrir fascinación por una persona que sabe descansar, jugar o improvisar.
El otro puede representar una manera de estar en el mundo que nosotros todavía no nos hemos permitido.
Desde una mirada junguiana podríamos pensar que algunas personas despiertan aspectos de nuestra personalidad que permanecían menos desarrollados o en la sombra.
Quizá no deseamos únicamente a esa persona.
Quizá también nos atrae quiénes podemos llegar a ser cuando estamos cerca de ella.
Atracción y complementariedad
No necesitamos que nuestra pareja sea nuestra copia.
En ocasiones, determinadas diferencias generan equilibrio y curiosidad. Una persona más reflexiva puede sentirse atraída por alguien más espontáneo; alguien muy racional, por una persona conectada con la emoción; alguien independiente, por una persona con mayor facilidad para construir intimidad.
Estas diferencias pueden ampliar nuestro repertorio y enseñarnos nuevas formas de relacionarnos con la vida.
Pero complementariedad no significa que necesitemos encontrar nuestra supuesta “media naranja”. Una relación saludable no debería completar dos mitades, sino permitir que dos personas suficientemente enteras puedan encontrarse, influirse y crecer.
La diferencia puede expandirnos siempre que no implique renunciar continuamente a nosotros mismos.
El cuerpo también elige
No toda atracción pasa primero por el pensamiento.
El olor, la voz, la expresión facial, el movimiento, la apariencia física y numerosas señales sensoriales participan en cómo percibimos a otra persona.
También existe una dimensión profundamente corporal de la conexión. Hay personas ante las que sentimos apertura, curiosidad o excitación; otras nos generan tranquilidad; algunas activan intensidad e incluso cierta inquietud.
Desde una mirada del sistema nervioso resulta interesante preguntarnos no solo “¿cuánto me atrae esta persona?”, sino también:
“¿Qué ocurre en mi cuerpo cuando estoy con ella?”
Porque intensidad y seguridad no siempre son lo mismo.
La mente también puede ser erótica
Para muchas personas, la atracción aparece a través de una conversación.
Sentir admiración por la forma en que alguien piensa. Descubrir una sensibilidad parecida. Reírse de las mismas cosas. Encontrar una persona que nos despierta preguntas, curiosidad o nuevas perspectivas.
Esther Perel ha explorado precisamente cómo el deseo necesita cierto espacio para la novedad, el misterio y el descubrimiento.
No solo nos atrae aquello que podemos comprender del otro. A veces también nos atrae aquello que todavía queremos descubrir.
¿Y eso que llamamos “energía”?
A veces decimos: “No sé qué tiene, pero hay algo”.
Podemos llamarlo química, presencia, magnetismo o energía. Desde una perspectiva psicológica no necesitamos convertir esa sensación en algo sobrenatural para reconocer que existe una experiencia subjetiva muy real.
Nuestro cuerpo está recibiendo constantemente información: tono de voz, mirada, distancia, ritmo, movimiento, expresividad, olor, seguridad, novedad…
Quizá llamamos “energía” al conjunto de sensaciones que percibimos antes incluso de poder explicarlas con palabras.
Y desde una mirada más esencial o transpersonal, también podemos permitirnos conservar algo de misterio. No todo lo humano necesita ser reducido inmediatamente a una explicación.
La atracción puede hablarnos de nosotros
Quizá una de las preguntas más interesantes no sea únicamente:
“¿Por qué me atrae esta persona?”
Sino:
“¿Qué parte de mí se despierta cuando estoy con ella?”
¿Me recuerda a algo conocido?
¿Representa algo que necesité?
¿Despierta una faceta que quiero desarrollar?
¿Me siento más libre, más pequeña, más viva, más insegura, más curiosa?
¿Puedo ser yo dentro de esta atracción?
La atracción no determina por sí sola que una relación vaya a hacernos bien. Pero puede convertirse en una puerta de entrada extraordinaria hacia nuestro propio mundo interno.
Porque a veces aquello que nos atrae del otro también nos habla de nuestra historia, de nuestros deseos y de las partes de nosotros mismos que están buscando un lugar donde poder crecer.
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